Referente de gran parte del cine de serie B de los años 50 y 60, William Castle es conocido sobre todo por ser el creador de sistemas y dispositivos con los que jugaba con el espectador, que contemplaba las películas de Castle totalmente atemorizado.

Dichos trucos se denominan gimmicks y Castle los utilizó de manera variada en muchas de sus películas. En ‘La mansión de los horrores’ (‘House on Haunted Hill’, 1959) William Castle tenía previsto que durante una de las secuencias de máxima tensión de la película, apareciera en las salas de cine, y mediante un simple sistema de raíles por el techo, un esqueleto que tenía la misión de asustar a los espectadores.

Quizá uno de sus gimmicks más famosos fue el que realizó para ‘The Tingler’, otra película rodada en el año 1959. Esta película desarrolla una premisa en la que se descubre que el escalofrío que recorre la columna vertebral en el miedo extremo se debe a una criatura que todos los humanos tenemos dentro y que, para poder debilitarla, se debe gritar. 

El truco consistió en que Castle diseñó una serie de dispositivos ocultos en las butacas de las salas de cine, por los cuales los espectadores recibían un pequeño calambrazo. Los sustos y chillidos estaban asegurados en el cine.

El valor de las películas de William Castle se sitúa a leguas de distancia de su audacia comercial. A Castle le gustaba considerarse como un director ingenioso, y en muchas de sus fotografías lo podemos ver posar tal y como lo hacía uno de sus ídolos al que pretendía emular, Alfred Hitchcock. Sin embargo, y a diferencia del británico, William Castle no consiguió nunca un auténtico éxito de crítica, y el público fue dándole la espalda hasta que a inicios de los setenta quedó relegado al olvido.

Uno de sus mayores fracasos se dio al adquirir los derechos cinematográficos de la novela de Ira Levin, la famosa ‘Rosemary's Baby’, que finalmente y bajo presiones de la productora, hubo de relegar a un por aquel entonces joven director de cine, de origen polaco, llamado Roman Polanski. Lo máximo que sacó William Castle amén de una buena tajada económica fue aparecer en un breve cameo en la película de Polanski, justo en el momento en que la actriz Mia Farrow entra en una cabina telefónica.

Por otra parte, su cine siempre bebe o incluso podríamos decir que plagia de los maestros que han triunfado con anterioridad a él. En ‘The Tingler la premisa era seguir con habilidad la película de Don Siegel. En ‘El caso de Lucy Harbin’ ‘(Strait-Jacket’, 1964) fue seguir de manera más o menos directa la más terrorífica película de Hitchcock, ‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960), incluso con guion de Robert Bloch, el autor de la novela en la que se basó ‘Psicosis’. Una influencia que ya se había visto años antes, con ‘Homicidio’ (‘Homicidal’, 1961).

 

‘El caso de Lucy Harbin’, el ‘Psicosis’ de William Castle

 

El caso de Lucy Harbin’ nos introduce en sus primeras secuencias el terrible asesinato por parte de Lucy, interpretada por la célebre actriz Joan Crawford, hacía su marido y su amante, a los que descubre en pleno asunto. Su hija, interpretada de adulta por Diane Baker, será un espectador de este brutal asesinato. Esta primera escena ya nos muestra una de las tónicas de la película, y es que Castle se deleita con las escenas más sanguinolentas. Prácticamente el personaje de Crawford decapita de manera limpia y tajante la cabeza de su marido, en un asesinato que tiene poco de naturalista y mucho de espectacular.

Poco tiene que ofrecer, en realidad, la película. Después de este asesinato inicial, encerrarán en un manicomio durante veinte años a nuestra protagonista, que Castle resuelve con una elipsis para volver al presente, donde finalmente soltarán a Lucy después de considerar que se ha rehabilitado. Su hija se hará cargo de ella, aunque sospechosamente vuelve a aparecer gente asesinada.

La película se sustenta en el giro final de guión, que ya aparecía en la misma ‘Psicosis’ de Bloch, y que acaba cerrándose con una explicación igual de insustancial. La realidad psicológica queda en un segundo plano, y lo que en realidad le interesa a Castle es mostrar algunos detalles siniestros, como por ejemplo las voces que parece escuchar nuestra protagonista o las pesadillas que sólo ella puede ver, y que que parecen inexplicables hasta que son resueltos en el citado final.

Afortunadamente, la magnífica Joan Crawford consigue levantar la película. Por cierto, en tradición del gimmick, William Castle se aseguró de que cada espectador recibía al comprar su entrada su correspondiente hacha de cartón ensangrentada.

 

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