Recordamos la primera obra del insólito cineasta, que lanza ahora ‘La danza de la realidad’.

Se está exhibiendo actualmente en salas españolas la última película que ha dirigido el chileno Alejandro Jodorowsky, ‘La Danza de la Realidad’ (2013). Sin embargo, no estaría de más repasar sus orígenes, cuando el joven director debutaba con una extraña y enigmática obra, que ya nos anunciaba muchas de las singularidades de un universo cinematográfico tan particular.

El creador de la psicomagia inició su andadura con ‘La Cravate’ (1957), un cortometraje de 20 minutos que adapta una novela de Thomas Mann (no extraña, sinceramente, que Jodorowsky adapte a tan magnífico escritor, más teniendo en cuenta que el argumento de la obra nos presenta ni más ni menos que un intercambio literal de cabezas).

La singularidad viene dada desde el primer minuto, pues ‘La Cravate’ opta por no utilizar ningún diálogo. Así pues, la obra recuerda poderosamente al lenguaje teatral. No sólo por la falta de lenguaje, sino también porque el escenario donde se ubica toda la obra no dejan de ser unas tablas teatrales que simulan ciudades y edificios (pintados sobre cartón).

Nuestros protagonistas exageran completamente sus gestos con tal de ser entendidos por el espectador, y se evidencia una cierta influencia del cine mudo y, más en concreto, del cómico (por la pantomima de algunos personajes y sus extrañas circunstancias parece que estemos viendo una obra de Chaplin o Buster Keaton) en muchas de sus imágenes.

Y por supuesto, también hallamos las señas surrealistas de tan bizarro cineasta (una de sus constantes en su cinematografía). Aparte de lo ya citado, hay elementos que ayudan a contribuir aún más al tono onírico y surreal de la obra.

Por ejemplo, los estridentes colores con los que Jodorowsky compone el cortometraje. Una gama cromática que evidencia una vena antinaturalista (y otra vez ligada con el teatro). O la utilización de una música que podemos relacionar perfectamente con el mundo del circo (una temática recurrente en el artista). Incluso las cabezas de actores reales que observan desde su  estanca posición a nuestro protagonista, interpretado por Denise Brossot. Por no hablar del argumento del filme, que incluye ni más ni menos que una tienda donde uno es capaz de intercambiar su cabeza por otra que esté disponible en el escaparate.